
Ana María Fernández, María Hidalgo y Rebeca Blanco son tres de los estudiantes becados en 2010 para participar en un programa de aprendizaje-servicio en el área odontológica para la mejora de la salud buco-dental de la población de la región de Puerto Plata, al norte de la República Dominicana.
En el programa participan anualmente veinticinco estudiantes de postgrado y pregrado (a partir de tercer curso) de la Facultad de Odontología de la Universidad de Sevilla, atendiendo a unos cuatro mil pacientes locales en el plazo de diez días a través de un programa preventivo-asistencial llevado a cabo en un ambulatorio de campaña.
El trabajo se realiza de forma conjunta con la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), desde donde se aportan recursos humanos, materiales y logísticos. En total se estima que cada uno de los sanitarios de una y otra universidad atenderán de media a unos setenta pacientes, por lo que la actividad supone para los participantes una experiencia clínica de importante cuantía.
Los alumnos realizan trabajos en las áreas de educación y promoción de la salud, odontología preventiva, odontología comunitaria, cirugía oral, odontología infantil, odontología conservadora y prótesis dental, siendo supervisado su trabajo en todo momento por docentes de ambas universidades. Al finalizar el periodo clínico, los alumnos participan en el Simposio Internacional de la UASD, acción que sirve para asentar la formación adquirida con el trabajo. A lo largo de estas tres crónicas nos ilustran sus experiencias.
¡Hola! Soy Ana María Fernández, participante en el programa de mejora de salud bucodental de la región de Puerto Plata, en la República Dominicana, en julio de 2010.
La verdad que cuando oía o leía lo que mis compañeros decían de su participación en el mismo proyecto el año pasado, pensaba que exageraban, que no sería para tanto... Mientras, en mi interior existía una sensación de alegría por ellos y a la vez envidia, por querer vivir también esa experiencia. Y ahora que, gracias a la Fundación Odontología Social Luis Seiquer y a la Oficina de Cooperación al Desarrollo, he tenido la oportunidad de vivir esa experiencia, pienso que todo lo que decían era poco.
Ha sido una de las vivencias más satisfactorias que he tenido y creo que todas las personas deberían ser voluntarios en algún momento de su vida y ayudar a gente que no tiene medios, que te agradecen tu trabajo con la más grande y sincera de las sonrisas, convivir con compañeros de otro país y aprender y disfrutar con ellos, trabajar con la ayuda de grandes profesionales en nuestro terreno como José Antonio Coello, Mercedes, Luis y los demás coordinadores que venían con nosotros. Gracias a ellos hemos aprendido, adquirido destreza y trato con personas gracias a su conocimiento y profesionalidad. En definitiva, han sido de las sensaciones más placenteras que me han tocado vivir, de esas que te hacen pensar, replantearte tu vida y enriquecerte como persona.
Gracias a la Universidad Autónoma de Santo Domingo, sus alumnos y profesores por acogernos de esta manera y ayudar a tantas personas sin recibir nada a cambio, a la Universidad de Sevilla por respaldar este gran proyecto y especialmente a Antonio Castaño Séiquer, responsable de la Fundación y creador del proyecto, ya que sin él, sin su aportación, su trabajo y su interés por estas personas y por nosotros, los estudiantes, esta gran labor humanitaria no sería posible. Sólo espero que este proyecto siga adelante avanzando con el tiempo, y que todos pongamos nuestro granito de arena para poder devolverles la sonrisa a estas personas.
Os escribe una voluntaria muy feliz de serlo y que da la enhorabuena a todos los que han ayudado a que esto fuera posible.
Ana María Fernández
Agosto de 2010
Hola, soy María Hidalgo Palanco, alumna de la Universidad de Sevilla a la que concedisteis una beca de voluntariado para un proyecto de mejora de la salud bucal en Puerto Plata, República Dominicana, con la Fundación Odontología Social Luis Séiquer, y por la que me siento afortunada. Os voy a intentar relatar con mis palabras una experiencia que difícilmente puede ser expresada, ya que la puedo definir como una experiencia única e inolvidable que me ha servido mucho personalmente.
Yo, antes de mi viaje a República Dominicana, siempre había viajado a lugares como Londres o París, con becas de idiomas, y por ello nunca había conocido una realidad como la de allí, donde el día a día es difícil, donde en algunos lugares se carece de cosas básicas, pero donde existe el contraste entre ver playas paradisíacas con grandes resorts en los que los turistas disfrutan de sus vacaciones sin faltarle un mínimo detalle, y ver que el pueblo -en este caso Puerto Plata, en el que se ha llevado a cabo el operativo odontológico- está lleno de gente pobre, viviendo en la calle, con condiciones higiénicas deplorables y niños que no van a las escuelas. Aún así tuve la oportunidad de conocer su encanto -que no es menor que el de Londres o París-, sus bonitas playas, su cultura y, sobre todo, su gente. Gente que siempre tiene una sonrisa o una frase amable, gente que, aún viviendo en esas condiciones, escucha un merengue o una bachata y salta a bailar alegre.
Recuerdo el primer día cuando, después de un viaje largo, muy largo, después de nueve horas de avión a Santo Domingo y cuatro horas en autobús a Puerto Plata, llegamos al hotel, y ya en nuestras habitaciones aún sentía esos nervios en el estómago, nervios porque no sabía qué iba a encontrarme en la mañana, porque no sabía si iba a saber ayudar a esa gente que lo necesitaba. Cuando entré en la Facultad de Odontología hace cinco años ya, recuerdo que en mis primeras clases de Odontología Social, mi profesor Antonio Castaño nos mostró el proyecto y desde entonces supe que no podía marcharme sin participar en él. Hoy sé que no me equivocaba y además sé que se puede ser feliz ayudando a los demás.
El primer día nos recogió el autobús en el hotel, 7:40 de la mañana, todos puntuales, vestidos con pijamas blancos impecables y una sonrisa en la boca. Cuando nos montamos en el autobús, allí estaban nuestros compañeros dominicanos con los que íbamos a trabajar codo con codo sin saber aún que, al final de las jornadas, ya no los veríamos como compañeros sino como hermanos. Nos dirigimos al Cura, lugar donde estaba localizado el operativo. Durante el trayecto yo miraba por la ventana y, a la vez que bailábamos al ritmo de la música dominicana, miles de cosas me llamaban la atención: las normas de circulación, la poca higiene de las calles, los semáforos y señales, los niños limpiando los cristales de los coches parados en los semáforos en rojo, la cantidad de gente que había a esa hora de la mañana, la pobreza, el modo de vida, las fábricas de Brugal, cómo no... Al llegar al lugar había una cola enorme de personas esperando a que le dieran paso tras la verja. Yo no podía creerlo, personas que hacían la noche entera allí para que alguien como yo les atendiera. Niños, personas mayores, eso si que me impactó.
Gracias al trabajo de los compañeros dominicanos todo estaba muy bien organizado. En el patio central los pacientes se disponían sentados en filas, e iban pasando por una mesa con material, para ser diagnosticados, y trasladados a cada una de las diferentes áreas según las necesidades que presentaban. Al grupo que le tocaba diagnóstico le tocaba madrugar, y a las 5 de la mañana estaba con su pijama puesto, viendo a los pacientes para que, cuando llegaran el resto a las 8, ya estuviesen los pacientes designados a cada área. Había cinco áreas clínicas: Odontopediatría, Cirugía, Restauradora, Profilaxis y Prótesis. Nuestros profesores nos repartieron en grupos y cada día íbamos rotando por un área distinta. Era el primer año que se le colocaría una prótesis dental a una niña. El trabajo con los dominicanos fue genial, ellos nos enseñaron a trabajar divirtiéndonos. Yo era la primera vez que sacaba un diente a ritmo de salsa, a pesar del cansancio de varios días de trabajo y el horroroso calor que hacía con el pijama -nuestra segunda piel-, guantes, gorro y gafas. Y, aunque el calor de allí no es como aquí, sino que se trata de un calor húmedo agobiante, a pesar de todo yo era feliz.
El segundo día ya conocía a todo el mundo, ya sabíamos cómo trabajar, dónde estaba cada material, cosa que nos ocasionó más de una risa porque allí los compañeros dominicanos no dicen fórceps sino pinzas, no hay botadores sino elevadores y la anestesia se pone con el portacarpules. Ya ves, la misma profesión pero distinta jerga, un lío muy divertido. Además, cada área tenía sus peculiaridades: en Restauradora hacíamos cavidades a ritmo de reggaeton, en Profilaxis todo el mundo se quejaba del famoso cavitrón, pero en cada una de ellas aprendimos muchísimo, hicimos muchas prácticas, más incluso que en un año de carrera aquí, nos formamos y maduramos: nos ayudamos los unos a los otros.
Cuando acabábamos con los pacientes de un área clínica, nos mudábamos a otra a ayudar y aún así había días que acabábamos a las 4 o a las 5 de la tarde. En el comedor del Cura, el plato principal era arroz con pollo, plato que a los dominicanos les encanta en todas sus variedades. Después de comer y sin un mínimo descanso, o bien continuábamos con los pacientes o bien nos dirigíamos al salón de grados para escuchar una charla sobre algún tema odontológico de interés por parte de los exponentes, esto es, formación continuada. Una vez finalizado el acto todos corríamos a la guagua, como se dice allí, para intentar aprovechar las dos escasas horas de sol en la playa o la piscina del hotel.
Todos nos juntábamos: españoles, dominicanos, profesores, estudiantes, para pasar un rato divertido bañándonos, bebiendo, bailando, charlando... Cuando digo profesores y estudiantes lo digo porque en este viaje también se perdió la barrera que siempre existe entre los profesores y los alumnos. En Puerto Plata todos fuimos amigos, bromeamos juntos, nos contamos cosas de nuestras vidas, cosas que en una facultad no se consigue. Tengo que decir que los profesores -y, cuando digo profesores, incluyo a la gente de Master de Comunitaria y colaboradores- que nos acompañaron, son excepcionales por todo lo que nos ayudaron y enseñaron en el operativo y por estar siempre dispuestos a disfrutar con nosotros durante el día y la noche, y porque sin ellos no hubiese sido lo mismo.
En definitiva, intentamos conocer la cultura de allí y también lo conseguimos: casi todos sabemos ya mucho vocabulario dominicano: jevi, romo, vaina..., casi todos bailamos unos pasos de merengue, bachata o reggaeton a ritmo del Doctorado, Niña bonita , la Fila india o el Coche bomba, y a casi todos nos gusta el brugal o la mamajuana. En Puerto Plata también tuve la oportunidad de conocer a compañeros con los que me cruzaba por los pasillos de la Facultad y sólo había un hola o un adiós y que ahora cuando me cruce con ellos seguro que hay un abrazo. Porque ahora son parte de mi grupo de amigos, a los que estoy deseando ver para compartir momentos con ellos. Todo esto gracias a que tuve el placer de conocerlos más a fondo y de vivir con ellos esta experiencia que nos unió mucho.
Para ir terminado tengo que decir que me quedo con miles de cosas del día a día, son muchos los recuerdos y muchos los amigos que dejo allí. Mucho trabajo pero muy gratificante: la sonrisa que te dedicaban los pacientes cuando le quitabas aquella muela que tanto le dolía, aquellas personas tan amables que me llamaban doctora... Me quedo con las lágrimas que más de una vez se me caían cuando trataba con niños pequeños y sus madres, cuando me contaban que iban a la escuela y los amigos les llamaban dientes picados, los pobres lloraban y las caras de sus madres cuando acabábamos el tratamiento, cuando la gente me pedía que por favor volviese el próximo año. También tengo el recuerdo de los niños y jóvenes que ayudaban en la Cruz Roja y rescate Ambar, ¡tan buenos!, de los militares que daban seguridad, cada uno tenía un papel y cada uno lo hacía lo mejor que podía.
Ya escribo con lágrimas en los ojos, son muchos los recuerdos y más los amigos que tan lejos se quedan. El grupo dominicano es un grupo fantástico, gente muy trabajadora, solidaria y con buenos valores. Personas que, después de trabajar nueve horas sin parar, aún tenían fuerzas para hacernos reír y disfrutar: bailábamos la Fila india, cantábamos, compartíamos... Allí, donde cabían cinco cabían veinte: ésa era la actitud. Finalizo mi memoria expresando que espero que nunca se acabe con un proyecto como éste, que dure muchísimos años porque, hasta que no lo vives en tus propias carnes, no te haces una idea de lo grande que es, de las miles de personas a las que se ayudan y a las que aportas un poquito de felicidad y lo que supone no sólo para los pacientes sino para los participantes del proyecto. Es un proyecto que te hace ser mejor persona, ayudar a los demás, que te ayuda a madurar. Sé que llevar el proyecto hacia delante supone muchos sacrificios pero doy por hecho que aporta aún más felicidad, así que ánimo, porque es un trabajo fantástico.
Me gustaría dar las gracias a la Universidad de Sevilla por la beca concedida sin la que no hubiese podido participar en la jornadas y, cómo no, a mis profesores y a la Fundación cuyo director es Antonio Castaño, por confiar en mi y darme la oportunidad de vivirla con ellos. Volvería a hora mismo sin ninguna duda.
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María Hidalgo Palanco
Agosto de 2010
¡Hola! Mi nombre es Rebeca Blanco Díaz y también he tenido la gran suerte de participar en este gran proyecto, que ha sido una experiencia enriquecedora que me ha servido a crecer como persona y como profesional.
Han sido unos días intensos llenos de emociones. Trabajábamos sin parar, en condiciones que no imaginas hasta que no estas allí. El calor era horrible, muchas horas de pie, pero volvería a ir con los ojos cerrados pues cada paciente que tratabas y que se iba con una sonrisa, borraba hasta el último ápice de dolor que estuvieras sintiendo en los riñones. ¿Por qué ocurre eso? Te sientes egoísta por quejarte lo más mínimo, ya que esa gente sí que sufre. La mayoría no volverá a ver un dentista hasta que no volvamos el año que viene y sabes que esa muela que no has podido tratar por falta de tiempo o medios no tendrá tratamiento hasta que tu vuelvas y probablemente no tenga solución ya... Por eso trabajas sin parar, no te permites flaquear.
Esperan horas y horas para ser atendidos, y algunos, tras la larga cola sólo reciben una pasta de dientes porque no tienen patología, o bien porque allí no hay medios y jamás, lo que es jamás, oyes a nadie quejarse por esperar, por no ser atendidos: por nada. Son las personas mas agradecidas que he visto jamás, nunca me he sentido tan reconfortada al realizar un trabajo y creo que pocas veces volveré a sentirme así. Me he empapado no sólo de aprender como odontólogo sino que, al convivir con ellos, aprndes de una cultura nueva, de una forma de vida... Conoces el país a fondo y no como un mero turista.
Ha sido la experiencia más enriquecedora de mi vida, y llegado a este punto sólo me queda dar gracias. Gracias a mis compañeros por hacer que cada día fuera a trabajar con una sonrisa, por comprenderme, por ayudarme, por no dejar que ninguno se desanimase, GRACIAS POR VUESTRAS RISAS Y VUESTRO APOYO INCONDICIONAL. Gracias al doctor Castaño por crear esta labor tan grande sin obtener nada: lo he visto trabajar como el que más, hacerse kilómetros y kilómetros por encontrar proyectos nuevos, gente a la que ayudar...Eres un ejemplo para ser mejor cada día.
Gracias a todos los colaboradores: Luis, Lorena, Alicia, Mercedes, Anabel, Julio, David Rivas, por estar ahí codo con codo con nosotros, por no dejar que nos desanimemos, por preguntaros cada segundo cómo estábamos, si todo estaba bien y por guiarnos en esas pequeñas dudas... Gracias a la doctora Mercedes y al doctor Coello por cuidarme cuando estaba mala, y tratarme como mis padres, por hacerme sentir ese cariño y cercanía.
Y gracias a la Universidad por darme esta beca y permitirme el disfrutar esta experiencia que no hay dinero en el mundo que la pague y que espero que siga siendo posible año tras año.
Rebeca Blanco Díaz
Agosto de 2010





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